Un esbozo de nuestra historia
Ella llegó a casa de él. Él la recibió con todas las atenciones, con la mejor de sus sonrisas, con sus mejores palabras. Ella quería salir y cantar, y él hizo todo lo que estaba en sus manos para cumplir su deseo. Caminaron, bailaron, se cantaron y se despidieron.
Para él no fue suficiente. Pasadas unas semanas, tomó el teléfono, y marcó su número. Ella estaba en un avión por despegar y, por azar del destino, decidió contestar el número desconocido. Ella poco lo recordaba, pero él, sin decir mucho más, exclamó sin vergüenza alguna: “Me gustas mucho. ¿Quieres salir conmigo?”. El silencio fue breve, pero se sintió eterno. Ella, impresionada por la osadía, aceptó. Él le preguntó que si podía ser ese mismo día, pero ella tardaría dos semanas en volver. Él esperó pacientemente, anotó la fecha en calendario, y la buscó puntualmente.
Ellos fueron por un café en Coyoacán, rodeados de árboles y la luz del mediodía. Él pidió un chocolate caliente, y ella quedó atónita cuando vio las dos cucharadas soperas de azúcar que él revolvía en la taza. La conversación surgió como si se conocieran de toda la vida, pero en el primer silencio, ella le preguntó: “¿Cuál es tu figura favorita?”. Él, intentando ser su versión más simpática, contestó: “El cuadrado”; ante lo cual ella lo miró muy extrañada, y corrigió: “A mí me gusta la figura que forma el sol cuando pasa entre las ramas”. Y esa frase le enseñaría a él que ella siempre ve y disfruta del mundo a través de esos detalles que él ignoraba que existían. Con el paso de los años, él aprendería a su lado a disfrutar las pequeñas cosas bellas que adornan nuestra existencia.
Pocas semanas pasaron para que se reencontraran. Sin darse cuenta, comenzaron a acomodar sus vidas para entregarse el uno al otro de poco en poco. La segunda cita, más pronto que tarde, se convirtió en la tercera, y la cuarta se convirtió en unos besos con marquesitas. A partir de ahí, les es posible contar con los dedos de sus manos los días en que no se vieron; días cubiertos de risas, historias, películas, teatros, canciones, karaokes, bailes y muchas, pero muchas papitas con salsas.
Son siete años desde que comenzó esta historia. Para algunos parecerá mucho, y para otros solo un comienzo, pero son años llenos de momentos de crecer juntos; de ser testigos de sus vidas. Él aprendió a tomar té, que antes percibía como agua caliente insípida; a disfrutar a los gatos, que le parecían aterradores; y a comer y cocinar alimentos que no están en la gama del color café. Ella encontró la pasión por los juegos de mesa, cuando antes no siempre encontraba con quién jugar turista; a disfrutar sentarse a ver una película durante varias horas, sin pararse quince veces ni escuchar la mitad de las escenas a lo lejos; y a medianamente gozar de los alimentos aceitosos. Juntos encontraron el punto medio entre cuidarse de la vida, pero confiar en la bondad de los extraños.
Más que todo lo anterior, aprendieron a vivir y sentir la profundidad de sus historias individuales, a sentir compasión por las personas que fueron y son, y a desarrollar las herramientas para experimentar sus emociones en conjunto. Aprendieron juntos que la vida es más bella cuando tienes a tu equipo, y se eligieron mutuamente para aprender el uno del otro, y crear algo más grande que la suma de ambos.
Cuando él escribió un poema para pedir que fueran novios, y un segundo para pedirle su mano en matrimonio, y cuando ella lo miró a los ojos, y en cada ocasión, así como en cada día, eligió aceptar, decidieron que esta historia valía tanto que merecía ser mucho más extensa.
Atentamente, Él.
Si hoy estás leyendo esto, es porque consideramos que has sido una parte muy importante de esta historia y queremos que sigas siendo parte de ella.